
Tocar la Palabra que necesita nuestra voz (Lc. 1, 57-80; Jn. 1,19-28)
La Palabra se toca con la voz. Tocar la Palabra es acompañarla con nuestra voz; con todo el espíritu que anima nuestra vida.Cuando la Palabra va por un lado y la voz por otro, los sonidos son ininteligibles. En cambio, cuando la voz toca la Palabra, la lengua se suelta.La voz, si quiere acompañar la Palabra, debe hacerse indiferente, esto es, no puede apegarse a unas palabras y a otras dejarlas. Pronunciar siempre unas y callar sistemáticamente otras. Pronunciar: Vida larga; riqueza; salud, etc., y callar: Vida corta; pobreza; enfermedad, etc.Cuando la voz no acompaña bien a la palabra, decimos que quedamos disfónicos. Cuando nuestro espíritu no acompaña bien a la Palabra, también queda disfónico. Y así, hay Palabras que pronuncia bien fuerte, con mucho espíritu, y otras tan tenues que ni se las oye. Esto es señal que hay apegos.Lo propio de la disfonía es que las palabras salen exigidas y duelen. Cuando esto ocurre, se nos aconseja el silencio. En la disfonía de nuestro espíritu, cuando notamos que hay palabras que nos duele pronunciar y nos salen exigidas, por causa de nuestros apegos, debemos recurrir al silencio, donde espíritu y Palabra, vuelvan a acompañarse bien. Allí, nuestro espíritu aprenderá a acompañar la Palabra en el tono apropiado, escuchando. Así fue al Principio; oyendo a Dios nombrar la creación, el hombre aprendió a ponerle nombre. Oyendo a Dios nombrar con su Palabra cada uno de nuestros apegos, aprenderemos a ponerle nombre.